Mi casa y yo nos hemos puesto viejos resistiendo, de sus paredes veo la pintura cayendo. La noche oscura, el día encendida, bríos y silencio, marcan la absurda realidad que bajo su suelo, abriga el tiempo. Y en paralelo continúo yo viviendo, regenerándome la piel y andando inviernos. Sin lacerarme como el muro del espejo, que aunque tapado lleva clavos y cemento, entrevenados sobre restos de maderos.
– Que me recuerda en su extensión lo que valemos, cual la frígida expresión de lo que he hecho, de viejas tintas, de sueños bellos; y de la dama que su voz, sabe que huelo…
Salgo a la calle a contemplar la luna fría, que ríe serena en su balcón de eterna ausencia. No le da el sol y aunque congela no lamenta, pelando piedras y astros libidos de cera que con velas por la láctea merodean, lanzando estrellas y sacando cuentas, entre planetas. Pido un deseo y muevo mi cabeza, le digo, si sonríes no habrá guerra. Y me contesta que mi sol cuelga de hiedras y que cae sorda, sobre la arena, de la marea.
– Matando las penas y los temores que me atormentan; y atando gatos, a las antenas…
– Por allá fui, por aquí voy, por ella iré, cortando hierbas, regando fe. Y sanare cuando no acabe de querer, tras las cortinas, sobre su piel; y la luna fría, se caliente otra vez…
– Para que la flor de menta de mis verbenas, me endulce el té, con sus labios miel; y que la luna fría cuelgue del amanecer, calentando mis paredes y alegrándome la tez…
– Sonriente, sin padecer.
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